Entramos a Ramallah por Jerusalén, la Ciudad Santa de entrañas perforadas por cuyos callejones sagrados, desde hace miles de años, ha corrido más sangre que lluvia. Un laberinto de odio y Fe. Hemos cruzado el check point vial de Ramallah, sin ningún problema, ni siquiera desenfundar el pasaporte, porque el taxista árabe que nos acompaña tiene nacionalidad israelita y eso significa vía libre: Palestina es suya. Del otro lado una larga cola de coches desvencijados esperan su turno con estoica incertidumbre. Algunos pasarán la frontera de Calandia y otros tendrán que dar media vuelta. Por el contrario, nosotros, llegamos a los territorios palestinos como Pedro por su casa sin todavía sospechar que penetrábamos en la prisión más grande del planeta. Una cárcel al aire libre de unos 1.200 kilómetros cuadrados. Toda Palestina está estrangulada por el muro que ha fracturado el territorio en cuatro partes imposibles de transitar para los propios palestinos: Cisjordania del Sur, Cisjordania del Norte, Jericó y Gaza, dos islas sobreviviendo en un mar de alambradas y la misma ciudad Santa, Jerusalén, prohibida para la inmensa mayoría de los palestinos aunque forma parte de su destino. A pesar de ello, en los lindes de las carreteras, junto a los bloques de hormigón y las vallas electrificadas, están floreciendo delicadamente los almendros, frágil metáfora de una primavera palestina que nunca llega
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